La primera carta
desde dónde te escribo
Hola,
Acabas de suscribirte a Cartas IKIGAIER. Gracias por estar.
No te voy a escribir mucho. Una carta cada quince días, y poco más. Pero quiero que cada una te llegue trabajada.
Antes de seguir, te debo una historia corta. Para que sepas desde dónde te escribo.
Yo también creí durante años lo que casi todo el mundo cree del ikigai. El diagrama de los cuatro círculos: lo que te apasiona, lo que sabes hacer, lo que el mundo necesita, aquello por lo que te pagan. Y en el cruce, supuestamente, tu propósito. Yo venía de la ingeniería y de dirigir empresas. Si me dabas un problema con cuatro variables, lo resolvía. Apliqué el método al ikigai como si fuera otro problema más.
Hasta que un cambio profesional radical me lo rompió en la cara.
Al otro lado entendí algo que no había visto antes. Ese ikigai solo se ocupaba de mi parte funcional: lo que sé hacer, lo que produzco, lo que el mercado me devuelve. Pero dejaba fuera mi parte íntima, la espiritual. La que no entra en ningún círculo porque no produce nada medible. Y resultaba que ahí, en lo que no estaba dibujado, vivía lo que de verdad me sostenía.
Más tarde supe que esto no era una idea mía. Era una idea vieja a la que yo llegaba tarde.
El ikigai de los cuatro círculos —el que vemos en internet— es bastante reciente, y es solo una versión. Yo lo llamo ikigai activo. Es el del hacer, el del propósito como objetivo, el de la vida medida por lo que produce. No está mal. Está incompleto.
Porque en su origen japonés hay otra forma de entenderlo que casi no ha llegado aquí: el ikigai consciente. La parte que no se deja dibujar. La que aparece cuando no estás produciendo nada y aun así sientes que estás bien.
Lo que falla en lo que nos cuentan no es el ikigai activo. Es que viene solo.
Por eso estoy escribiendo estas cartas. Para hablar de lo otro. De lo que falta. De cómo unir las dos partes —el hacer y el ser— sin separarse de uno mismo. Mi tesis, si se le puede llamar así, cabe en seis palabras: el ikigai real es uniendo los dos.
Cada quince días te llegará una carta. Una idea, una práctica pequeña, casi siempre una pregunta. No espero que respondas a todas. Espero que alguna te acompañe.
Y hay una cosa más que quería decirte, aunque me dé un poco de pudor en la primera carta. No escribo esto solo para contar lo que pienso. Estoy también buscando. Buscando gente que sospeche, como yo sospeché, que esto del propósito tal y como nos lo cuentan se queda corto. Gente que esté dispuesta a mirar hacia dentro sin convertirlo en otro proyecto de mejora personal. No sé todavía cuántos son ni quiénes. Esta carta es una forma de empezar a encontrarlos.
Si te resuena, quédate.
Si no, sin problema. Te puedes dar de baja al final de este mismo correo y no pasa nada.
Nos leemos en quince días,
Manel

